El Perú ya no está jodido


Miércoles, Abril 10, 2019


foto de Gladys Montolio.La primera vez que viajé a ese maravilloso país fue en el año 2003 y lo hice con un grupo de personas muy especiales de las que aprendí tanto que ni siquiera en una novela larga como La virgen del Sol caben sus enseñanzas. Aprendí a ser paciente (los que me conocen deben estar poniendo una cara de esas de ¿y cómo narices era antes si ahora dice que es paciente?), me comí un mango por primera vez en la vida, comprendí que todo está conectado, sentí el efecto mariposa en modo bofetada potencia tsunami y nací de nuevo, allí, entre sus rocas milenarias, sus cumbres imposibles y sus paisajes abrumadores.

En toda vida hay momentos y lugares que te cambian, y para mí el Perú fue el país en el que desperté. Como diría Piqué: “Perú, contigo empezó todo”.

Gracias a ese viaje me conocí a mí, y es curioso porque llevaba entonces treinta y tantos años viviendo juntos y casi no nos habíamos hablado, conocí de verdad a mi maestra, viví mi primera epifanía, me hice vegetariano y gracias a eso conocí a mi compañera, lo mejor que me ha pasado en la vida. 

También viví la miseria y la frustración.

Conocí gente que en tres palabras decían más que en una tertulia de radio, y sentí la infinita gratitud de haber gozado de todas las comodidades que me han sido dadas en la vida. Supe que ser hombre, blanco y occidental es por sí mismo una ventaja inconmensurable por la gran desigualdad en la que vivimos, y que justamente una parte de responsabilidad importante recae sobre esos hombres blancos y occidentales…, y compartí platos de patatas de mil colores y formas con personas que se las quitaban de su mísero plato para compartirlas conmigo.

Repartí todo lo que tenía y recibí cien veces más.

Muchas de estas enseñanzas intenté reflejarlas en La virgen del Sol, pero la gran mayoría intento que sigan escritas en mí, en mi forma de ser, de comportarme, de tratar a los demás.

Digo todo esto porque Perú, por más que le pese a Vargas Llosa, ya no está jodido, o por lo menos no más que cualquier otra parte del mundo, con la diferencia añadida de que estos días brilla con una luz más intensa, con la luz de sus letras, de sus autores y autoras, con la merecida luminiscencia que otorga el ser el país escogido en la Feria Internacional del Libro LACUHE 2019.

Por desgracia, y a pesar de que me hubiera encantado asistir, no podré molestar a nadie con mi presencia. No podré abrazar y reírme con Jorge, ni saludar a Gladys, Yorman, Jisell o Rosalía, no podré dar el beso que se merece a mi ángel de la guarda, Dilcia, ni conoceré a Rina ni a los otros autores que a la par nerviosos y entusiasmados, como lo estuve yo, tendrán la oportunidad de presentar sus escritos al mundo desde su ventana del Bronx.

Pido disculpas a todos por mi espantada, aunque seguiré todos los actos desde la cercanía que ofrecen las RRSS y prometo hacer lo posible por estar allí el próximo abril, ya con más de medio siglo a las espaldas y con una nueva novela bajo el brazo.

¡Mucho éxito, LACUHE!

Cuatro de abril


Jueves, Abril 4, 2019

Hoy es cuatro de abril otra vez, por vigesimoquinta vez, es cuatro de abril. Hoy hace veinticinco años que aquel puto cáncer te venció, que nos derrotó, que nos dejó sin tu presencia.

A partir de mañana mi vida sin ti será mayor de lo que había vivido a tu lado. Nadie debería vivir sin su madre.

En pocos días además voy a tener la edad que tú tenías cuando se te llevaron, y soy tan joven, mama, tan joven que no puedo imaginar lo que supuso para ti dejar la vida en el mejor momento, cuando nosotros ya éramos mayores, cuando podías vivir con tu pareja, cuando teníais, después de un montón de años de andar contando hasta la última peseta, cuatro duros en el bolsillo para disfrutar. La muerte es una mierda, es la peor condena posible, el castigo definitivo, el desastre absoluto, pero la tuya era sobre todo inmerecida, nunca te escuché desear el mal a nadie, siempre defendiendo los motivos de los demás, siempre poniéndote en sus zapatos, siempre enseñándome a ser mejor persona.

Me es difícil recordarte bien, la imagen de tu cuerpo vencido por la enfermedad, tus ojos negros y grandes llenos de tanta tristeza, los meses, días, horas que te arrancaban la vida sin tu permiso están clavados en el fondo de mi corazón y de la memoria. Sólo el no pensamiento permite ir pasando la vida. El recuerdo desgarra porque ni siquiera estoy seguro de haber sido un buen hijo y haber estado a la altura.

Pienso muchas veces en la muerte porque desde que se te llevó forma parte de mi vida como una sombra que anda siempre dos pasos detrás de mí, sueño con ella, me aterroriza, la veo y sé que está ahí, pendiente, y cuando pienso que viene a por mí me da pavor y me acuerdo de ti, de todo lo que te has perdido. 

No has podido conocer a mi compañera, te hubiera encantado, es dulce y también vino de fuera, como tú. Ni a nuestro ahijados ni a nuestro hijo, tu nieto, que es muy especial. Te hubieras muerto de risa al verlo, es muy buen niño, es un trozo de pan y yo no sé cómo hacerlo muchas veces porque no puedo preguntarte.

Mañana hará veinticinco años y un día que no estás con nosotros, aunque en verdad te fueras mucho antes porque nadie debería vivir los últimos meses de su vida como tú lo hiciste. Te fallamos, y la culpa anda pegada al dolor, pero no sabía más, no sabía qué hacer, sólo quería tenerte con nosotros, un día más, un minuto más, y tú lo hiciste, como durante toda tu vida, te jodiste por los demás, nos diste hasta el último aliento. No hay forma humana de pagar eso.

Sabes, lo que más recuerdo incluso por encima de la imagen de tu muerte son aquellas sobremesas antes de que empezara a trabajar, cuando me levantaba tarde y me iba contigo a la cocina, a molestarte mientras hacías la comida y después veíamos Falcon Crest. Me acuerdo que podía hablar de todo contigo, como aquella vez que te dije que ya podía dejar embarazada a una chica y me miraste con cara de saberlo antes que yo. Luego me explicaste… Te pienso siempre al lado del papa, en el sofá, echada en sus brazos después de cenar, con los platos por recoger y los dos quintos sobre la mesa. Mi hermana a un lado y yo al otro, y la Tina, o el Black, en el suelo… 

La vida ha seguido para todos menos para ti, y no nos ha ido mal, porque sólo le va mal al que ya no está, y hoy hace veinticinco años que no te dejaron seguir. Nadie sabe cuánto daría uno por verte un segundo más, por sentirte, escucharte, darte un beso o sencillamente tener una imagen nítida en la memoria. Ayer le explicaba a mi compañera que con cincuenta años lucías un cuerpazo de película, bikini blanco, pamela ancha, gafas de sol, y venías a la cancha de fútbol del camping a verme jugar, o a vigilar que no me metiera en líos, siempre desde un lado, junto a la Merche, pero sin armar ruido, como viviste, como viniste al mundo y como te fuiste, discreta y radiante.

Me cuesta seguir escribiendo porque el nudo y las lágrimas cada vez son mayores. No sabía si escribir esto para mí, para nosotros, o hacerlo público, y sí lo voy a compartir con mis amigos y lectores, porque también escribo novelas, mama, aunque estoy convencido de que lo sabías, y quiero que todo el mundo sepa que desde hace veinticinco años nuestro mundo se oscureció y se hizo más denso, que desde entonces los silencios han sido mucho más profundos, que la muerte me asusta hasta el punto de ni siquiera poder hablar de ella aún habiendo transcurrido tanto tiempo, pero sobre todo quiero que todo el mundo sepa que fuiste la mejor madre que un niño pudiera tener.

Nos quedaron tantas cosas por decirnos, tantas cosas por hacer… que ahora flotan como un halo de mierda siempre a nuestro alrededor. Sé que nunca las escucharás porque los que no somos creyentes ni siquiera tenemos la puta esperanza de vernos en un paraíso de nubes de algodón, pero te prometo que yo sí voy a intentar decirlas.

Ahora que soy Ángel María


Miércoles, Abril 3, 2019

Les veía casi siempre a la vuelta. Llegaban con sus vestidos coloridos, las gorras de visera corta a veces vueltas para atrás, los guantes con los dedos descubiertos y, cuando se bajaban, tapeaban con sus zapatos como si fueran bailarines de claqué. Sólo les veía cuando regresaban porque salían muy temprano, demasiado para un niño de mi edad, pero cuando desayunaba con mi hermana y mi madre en la mesa de madera de la parcela, bajo el toldo que colgaba del avancé, subían por la calle del camping montados en sus armaduras flacas, de tubos pintados, agarrados a aquellos cuernos curvados como jinetes de avestruces. Las ruedas grandes, mucho más grandes que las nuestras, delgadas, apenas de un par de centímetros de grosor, y un juego de platos y piñones que hacían restañar con elegancia tirando de pequeñas palancas pegadas al tubo principal del cuadro, justo encima de donde llevaban pegados, como un perezoso a un árbol, botellines de agua con publicidad de bancos y cajas. 

Después, al cabo de las horas, les volvía a ver en pantalones cortos o bañador, siempre sin camisa como todos los hombres del camping, rodeados de sus familias y armados con una paleta frente al fuego de una barbacoa en la que asar carne, sardinas o cocinar una paella, atendiendo con una sonrisa a los otros hombres que pasaban frente a sus parcelas y les preguntaban a dónde habían ido aquella mañana. Ellos, ufanos, respondían con nombres de pueblos que en mi mapa imaginario eran imposible de colocar, aunque sabía que eran lugares lo suficientemente lejanos como para que ninguno de nosotros pudiera ir allí sin permiso.

Guardaban sus bicicletas dentro de los avancés, protegidas de las miradas ajenas y de los niños que nos volvíamos locos por tirar de las palanquitas que movían los piñones como si fueran las marchas de un coche, de pegarnos a aquellos manillares que se recogían en sí mismos como conchas de un caracol o de meter nuestros piececillos bajo las tiras de cuero que ataban los zapatos a los pedales y quedarnos pegados a aquellas bicicletas que el resto del mundo sólo veía por televisión durante las calurosas siestas estivales.

Me acuerdo especialmente de Ángel María, y de su hijo, al que nunca vi interesarse por la bici de su padre como hacíamos todos los demás. Era un señor andrógino, de cuerpo poco definido, pero que se metía entre pecho y espalda cientos de kilómetros para desconcierto, o asombro (y algo de envidia) del resto de hombres de la cuadrilla. Ángel María se levantaba casi de madrugada, junto a otros dos o tres compañeros, y recorrían las carreteras comarcales de Tarragona y alrededores a bordo de aquellas bicicletas imposibles. No era de los que iba a la playa cargado con su hamaca y sus sillas apenas salía el sol para plantar la sombrilla, ni tampoco de los que se levantaban a las once o las doce del mediodía haciendo valer el único pecado al que un trabajador tiene derecho en vacaciones, la pereza. Ángel María tenía otra afición, otra vida. Entre semana vestía su uniforme de hombre formal, de empleado de banca o de una compañía de seguros, no lo recuerdo muy bien. Era alto, con barriguita, y esa pinta de sedentario al que le sienta la ropa como si se la hubieran lanzado desde un par de plantas más arriba. Caminaba tranquilo, siempre con una sonrisa medio bobalicona en el rostro, y apenas llegaban sus días libres, cambiaba aquellos ropajes grises por vestidos pintorrejados de mil marcas publicitarias como si fuera un ciclista profesional de Kelme o Kas. Siempre que pasaba a mi lado me sonreía con aquella beatitud y metía la mano en mi cabeza para revolverme la melena. Quería que jugáramos con su hijo, que fuéramos sus amigos, algo que nunca pasó.

Hace apenas un par de meses que he comenzado a ser Ángel María, ahora soy yo quien se viste con colores chillones (menos que él porque aún tengo en mi recuerdo la imagen que me despertaba), que se levanta los domingos como si fuera un lunes, que se calza un casco de rejilla en lugar de una gorra blanda de visera corta, que me pongo los guantes sin dedos, el botellín de agua pegado al cuadro de mi bici, y que salgo a hacer kilómetros como si alguien me pagara por ello. Ahora soy yo quien sale a sufrir bajo el calor del verano eterno del trópico, quien suda y vuelve con su bicicleta de mil gadgets, de un montón de platos y piñones que hago restañar con los pulgares como trucos de un agente secreto británico, y que paso despacito por las calles del residencial como hacía Ángel María por las calles del camping.

La única diferencia, más allá de las formas que el ojo ve y de que en vez de rutas yo pedaleo por caminos rurales, es que mientras preparo la paella del domingo, mi hijo limpia mi bicicleta admirado, toca todas las palancas vigilándome de reojo para que no le regañe, hace ver que se sube (porque aún no llega), que corre en ella, y se levanta a la misma hora que yo para pedirme, domingo tras domingo, que lo deje venir, que lo deje acompañarnos como si fuera el Timbaler del Bruc por los caminos de La Altagracia. 

Paciencia hijo mío, que a mí me ha costado cuarenta años ser Ángel María.

Cinco noches con Julia


Lunes, Marzo 25, 2019

Mi padre, mi madre y yo.
Por fin, tras meses de haber finalizado Anacaona, la última princesa del Caribe, quería comentar que mi próxima novela se encuentra en el último tercio de su escritura. 

No es una novela como las que he escrito, de hecho es casi opuesta a mis anteriores obras, pero me encuentro en el momento justo para escribir una historia de calado más urbano e intimista. Una obra en la que se mezclan realidad y ficción para construir una vida que no fue, pero que perfectamente podría haber sido y con la que estoy convencido de que muchos os sentiréis identificados. 

Es una obra que no podría haber escrito antes, y que difícilmente podré escribir dentro unos años, pues el punto actual de la mitad de mi vida, o por lo menos de lo que debería ser la mitad cronológica de una vida, es el momento justo para explicar lo que ocurre en Cinco noches con Julia. Ese espacio en el que la experiencia de lo vivido pesa en la mochila lo mismo que la inocencia de la esperanza por lo que ha de venir. He escuchado muchas veces que llega un momento en que la vida deja de darte para empezar a llevarse lo que te había regalado, lo que te habías ganado, o lo que te tocó en la tómbola, y si bien estoy convencido de que ese momento llegará, no es menos cierto que no lo ha hecho todavía y que para escribir una novela como Cinco noches con Julia era absolutamente necesario el equilibrio en una vida adulta.

Estoy seguro de que a muchos les sorprenderá, en especial a los más allegados, pero creo que está quedando una obra compacta, serena, razonablemente bien escrita y que obligará a los lectores a asomarse al espejo de sus decisiones.

Tenía ganas de explicar esto, de hacer saber que más letras vienen en camino y que la ilusión por ser un cuentista profesional sigue intacta aún a pesar de las dificultades, de la constatación de la falta real de talento y del pavor que me supone vivir de lo efímero, pero no hay más camino, escribir es un negocio que se aprende como la mayoría, haciéndolo, y que como esa mayoría requiere de mucho trabajo, esfuerzo, de una pizca de suerte y de estar rodeado de gente que te ayude. De algunas voy justito, para qué nos vamos a engañar, talento así, así, soy más vago que el sastre de Tarzán y a la mínima me quedo mirando a las musarañas o pegado a un vídeo de Messi en YouTube, pero de lo otro voy sobrado, pues suerte tengo a raudales y estoy rodeado de la mejor gente del mundo, además, cuando lo prosaico está asentado lo sutil es una exigencia.

En el tintero flota una novela de aventuras, la segunda parte de El péndulo de Dios, pero que necesita de la cercanía del gran (y admiradísimo) Cerrada y sus conocimientos de esgrima..., aunque esto es otra historia.

Los cinco minutos de Andy Warhol


Miércoles, Marzo 20, 2019

Define la RAE el verbo gerenciar de la siguiente forma: gestionar o administrar algo. Para estar seguro, he buscado inmediatamente la definición de gestionar y el resultado es éste:  
  1. tr. Llevar adelante una iniciativa o un proyecto.
  2. tr. Ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organismo.
  3. tr. Manejar o conducir una situación problemática.
Y es curioso, porque tras leer los tres puntos varias veces no he sido capaz de encontrar las palabras humillación, abuso o narcisismo en la definición. 

Cuando trabajaba en Barcelona (hace algún tiempo, como dice la canción) lo hice en una empresa de distribución que contaba con una flota importante de vehículos y chóferes. Recuerdo a uno de ellos, una gran persona pero de espíritu pobre, apocado, incapaz de levantar la voz o la mano a nadie. Un currito, un pobre hombre que lo único que tenía era corazón. Un tipo al que todos usaban en sus bromas sin que jamás hubiera un mal gesto por su parte. Algunas tardes al finalizar su jornada regresaba en la furgoneta acompañado por su hijo, supongo que lo recogería del colegio a última hora o algo así, y algunos compañeros, incluso jefes directos, se reían y continuaban sus bromas incluyendo en ellas al chaval, “tu padre no sé qué y tu padre no sé cuántos”. Por aquel entonces yo era uno de los directivos importantes de la casa y una tarde que lo vi llegar salí a recibirlo a la puerta. Le di la mano y tratándolo en todo momento de usted le pregunté cómo le había ido, le hice saber lo importantísimo de su labor en la empresa, de lo mucho que le debíamos y le hice un par de preguntas sobre cómo debía hacerse algo del trabajo. El tipo me miraba y abría los ojos como platos mientras su hijo se le agarraba de la mano como si se tratara de un cable colgando en un precipicio. El chófer me siguió un poco el juego con más miedo que entendimiento, recogió sus cosas y se fue a su casa con su chaval. Al día siguiente, apenas llegó, subió a mi oficina y me abrazó.

No cuento esta anécdota como muestra de lo buena persona que era, pues ni lo era ni lo soy. Unos años antes de lo que acabo de explicar iba, junto a Álex, un amigo que si lee estas letras seguro que lo recuerda, a un gimnasio en Sabadell. Era un gimnasio del centro de la ciudad, uno de esos de alto copete con pistas de squash, saunas, piscinas, baños turcos, etc., y casi cada día al finalizar nuestras rutinas coincidíamos en el vestuario con un señor mayor que nosotros de origen no recuerdo si andaluz o castellano, pero en todo caso aficionado y militante activo del Real Madrid, en una época además que lo ganaban todo. Una tarde que me sentía inspirado, y apenas le vi volver de su partida diaria de squash, comencé a comentar con Álex, en un volumen suficientemente alto como para que me escuchara, lo absurdo de vivir en Cataluña y ser del Madrid, la vergüenza que deberían sentir, y una cantidad de barbaridades repugnantes, impropias, xenófobas, indecentes e imperdonables que lancé por mi boquita con el único fin de hacer gracia a los cuatro amiguetes que andábamos por allí. El hombre, que se limitó a mirarme de refilón como si oyera una música lejana intentando reconocerla sin demasiado interés, se duchó, se secó, se cambió (a poco menos de un metro de nosotros) y se fue. Cuando salió todos reímos, yo con el pecho henchido de orgullo pues el viejo no se había atrevido ni a respirar ante mi  labia y arrojo. Digno ante la humillación de la que aún hoy siento tanta vergüenza, tanta tristeza, tanto asco de mi actitud que ni treinta años de arrepentimiento han servicio como penitencia, el hombre se fue a su casa quizá con ganas de partirme la cara, o quizá con la certeza de que las palabras de un imbécil no eran motivo suficiente para sentirse afectado.

Explico esto porque llevo días haciendo memoria retrospectiva y no recuerdo en mi trayectoria laboral, treinta y cuatro años para ser exactos dirigiendo equipos de trabajo, haber humillado a nadie aprovechándome de mi cargo o de su necesidad. El caso del señor del Real Madrid, que me avergüenza doblemente por mi actitud asquerosa y por la falta de valor para pedirle disculpas en su momento, fue por impresentable, por imbécil y maleducado, pero no recuerdo haber hecho algo parecido aprovechándome de mi cargo.

Por supuesto en todo este tiempo he cometido errores, mi memoria dulcifica y esconde mis malas decisiones, y estoy convencido de que habré sido injusto en más de una ocasión, que hay quien no me querrá ver ni en pintura porque alguna de mis decisiones le habrá causado daño, espero que también haya de lo contrario..., pero llevo dos días haciendo memoria y no recuerdo que como director haya humillado a propósito a ningún compañero. Es más, siempre he despreciado profundamente a los jefes que lo hacían. Y lo he visto hacer, muchísimas veces, no me lo han hecho (o no he dejado que me lo hicieran), y me entristece profundamente cuando en pleno siglo veintiuno todavía veo directores y directoras, por usar el lenguaje inclusivo, cuya forma de solucionar las situaciones laborales está basada en la venganza o la humillación al necesitado. Pienso en estas ocasiones que probablemente, como ocurre con el maltrato infantil, sus actitudes estén forjadas por las propias experiencias, que en algún momento de sus carreras profesionales alguien les humilló y ahora tengan la necesidad de resarcirse o piensen que esa es la forma correcta de gestionar. 

No comprendo qué bien o qué satisfacción se obtiene golpeando a alguien con la fuerza del cargo y personalmente lo asimilo más a la maldad que a otra cosa. O eso, o es que la adrenalina del poder es más placentera que la melatonina del sueño plácido.

Hace unos días publiqué un decálogo de lo que para mí era ser un buen gerente, y con toda honestidad siempre he intentado mantenerme atento a estas normas, de hecho, ojalá este post sirviera para que si alguien cree que no lo he hecho me pusiera en mi sitio, pero si yo tuviera una empresa y viera a un mandatario gritarle a su familia, humillar a un trabajador, tomar venganza contra personas que incluso ya ni están en la compañía o hablar mal de terceros en su ausencia, inmediatamente lo apartaría de mi equipo porque en una organización de seres humanos (aunque se dediquen a ganar dinero) no deberían tener cabida las malas personas ni las malas actitudes. 

Por desgracia, muchas veces estas cosas se aplauden porque se ven como fortalezas de dirección, como capacidades de mando, de mano dura, de establecer jerarquías, de aviso a navegantes, como decía aquel jefe, pero para conseguir el respeto jerárquico hay muchas herramientas que no incluyen la humillación o el abuso de poder. Quizá la inmediatez, la presión por conseguir resultados, la violencia del mercado, de la competencia, ese modo tan despreciable de marcar paquete para subir puestos en el organigrama, validen actitudes de esta calaña, pero a la larga las empresas que las toleran o las aplauden acaban llenando sus staffs a partes iguales de pusilánimes y abusadores, por un lado gente que se cree que lo sabe todo y que puede hacer lo que le dé la gana, y por otro gente que les da igual lo que les digan porque no les importa un pimiento nada que no sea mantener su salario todos los meses.

Es curioso también como a la gente se la va conociendo cuando tienen dinero o cuando sienten la empuñadora de la vara en sus manos, y dicen que el dinero o el poder cambian a las personas pero no es cierto, el dinero y la sensación de poder (pues el poder per se es una ilusión) lo que hacen es mostrar la realidad de las personas, mostrar el verdadero vestido del emperador, por eso todo el mundo debería tener no cinco minutos de fama como decía Andy Warhol, sino a cinco minutos de ser rico o sentirse poderoso. ¡Anda que no nos íbamos a reír!

Powered by Feed Informer