La chica de la minifalda


Viernes, Febrero 16, 2018

La veo casi todas las mañanas parada frente a la puerta del residencial en el que vivo, de pie, sola, esperando a alguien que por fuerza ha de pasar poco después de mí. La mayoría de los días luce minifaldas de colores vivos que dejan al descubierto dos piernas largas para su mediana estatura, bonitas, atléticas, de rodillas redondas y huesudas, quizá un poco grandes para el tamaño enjuto de la joven, aunque no por ello le restan atractivo. Pelo largo suelto, negro, lacio y alegre que se mece favorecido con la brisa temprana de esas horas. Su rostro maquillado matiza una ligera fealdad que apenas es perceptible si no te fijas con cuidado. De senos más bien pequeños insinuados tras el vestido que combina con la minifalda y en el que luce una placa dorada con el que imagino que es su nombre.

La veo apenas unos segundos, quizá ni siquiera llegue a eso, cuando salgo a llevar a mi hijo al colegio. Cada día observo un detalle desapercibido en los días anteriores. No la miro mucho, un vistazo furtivo disimulado en la observación de la carretera, como si detrás de la chica pudiera venir un coche al que he de dejar paso. Me horroriza la idea de que mi hijo me cace con la mirada fija en la joven. No quiero dar la impresión a la muchacha de que soy un viejo lujurioso más de los que la miran con desesperación al pasar junto a ella, y me avergüenza profundamente pensar que en mis ojos exista en verdad esa mirada verdosa. Pero sí la veo, todos los días, como todos los que pasamos a esas horas por allí.

Sé que la placa dorada la convierte en un directivo de hotel, una chica de atención al cliente o una vendedora, pero también sé que a las personas de atención al cliente las enfundan en uniformes corporativos, que los directivos nunca son mujeres de veinte años en minifalda y que para que una vendedora se vista así sólo puede dedicarse a la venta de inmuebles o de tiempo compartido. Me inclino más por esta segunda opción y la imagino de pie, como cuando la veo en la mañana, junto a la puerta de uno de los miles de restaurantes que tienen los hoteles, o frente a un escritorio con grandes letras y un televisor en el que se proyectan imágenes de personas felices entre arena blanca y aguas turquesas, sonriente, armada con una carpeta que utiliza como muleta para dar la impresión de que no es un adorno más. Ella es el anzuelo para las familias incautas que caen en las redes del negocio de la venta de multipropiedad, suficientemente atractiva para captar la atención del marido y no tan bonita para que la mujer no se sienta agredida. Todo está estudiado, o eso creo.

Su piel es trigueña, latina, quizá venezolana o dominicana de las que llaman “de pelo bueno”, aunque los maestros del negocio son los mexicanos por lo que no puedo descartar que esa sea su procedencia. Acostumbra a vestir sandalias de estilo romano, de esas planas de tiras que se enredan unos cuantos centímetros en el tobillo y que dejan los dedos al descubierto. La miro y pienso que no le quedan bien, que con el atuendo que lleva le casarían mejor unos buenos zapatos de tacón, y al instante me avergüenzo de mis pensamientos porque sé que he caído en la trampa del machista lujurioso que mantengo encerrado a fuerza de muchos años de voluntad. Pero también pienso que un hombre ha de poder mirar a una mujer, y más cuando se viste así, y entonces comprendo que he vuelto a caer y la vergüenza me abruma.

A veces quisiera pararme cerca para ver quién la viene a recoger. Estoy seguro de que es un hombre, y casi con certeza mayor que ella, quizá su jefe. Sé que si no fuera una chica joven mostrando las piernas nadie la pasaría a buscar para llevarla al trabajo y tendría que coger un autobús como todo el mundo, o que si fuera un hombre iría con su motocicleta o al volante de un coche. También pienso que si fuera un hombre no tendría que vestirse así, ni tendría que cambiar cada día de modelo de minifalda, ni estaría obligada a llevar pantalones de tela fina ajustados para marcar un culo duro y firme capaz de hacer girar las cabezas. Si fuera un hombre la gente le compraría, o no, por lo que dijera, por cómo lo dijera y a quién, pero jamás por enseñar esas piernas flacas de rodillas huesudas, y entonces veo como el machista que me habita se va para el fondo del pozo del que nunca debería haber sacado la cabeza, ni siquiera para escribir estas líneas.

ANACAONA, la última princesa del Caribe


Miércoles, Enero 17, 2018

Os invito a escuchar el primer capítulo de la novela ANACAONA, la última princesa del Caribe (http://mybook.to/anacaona ) narrado por mí. Espero que os guste.



"Un libro que deberían leer todos los amantes de la historia y los que buscan una buena aventura" 
"Destacable la fuerza de los personajes, en especial los protagonistas principales, la princesa Anacaona y Caonabó, y también de los secundarios, tanto aborígenes como castellanos, de esta maravillosa historia que deja poso."
"Es una novela extraordinaria que todo amante de la buena literatura debería leer"
"Exquisita es la palabra exacta que tengo para esta novela"
"Recrea, desde dos puntos de vista (el de los indígenas y el de los conquistadores), el descubrimiento. Quizás sea la mejor novela que he leído desde hace tiempo."
"Recupera los documentos perdidos de Fray Ramón Paner"
"Ofrece una visión totalmente desconocida de la perdida cultura taína"
"Desmitifica la imagen que hasta el momento tenemos de los conquistadores españoles"

Sinopsis:
Tras veintiséis años en tierras ignotas, Fray Ramón Paner regresa a su Barcelona natal con el legado de toda una vida: la historia del mayor descubrimiento de la humanidad.

En su memoria carga el testimonio de su llegada a la idílica isla de Ahíti junto a un grupo de bravos aventureros que bajo el mando del Almirante Cristóbal Colón fueron los protagonistas de la mayor gesta conocida por el hombre, pero también los encargados de someter las voluntades escondidas en ese exuberante nuevo mundo.

Por su parte, aunados en torno a la figura de su líder, Caonabó, y de su bella esposa, Anacaona, los aborígenes intentarán defenderse contra un choque de mundos en el que el amor, el deseo, la envidia, la ambición y el terror arrastrarán a los hombres hasta los límites más recónditos de su condición humana.

Una novela que te acaricia el alma


Miércoles, Diciembre 27, 2017

Una novela que te acaricia el alma

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"Jordi, acabo de terminar tu novela y me ha enganchado¡. Muy documentada históricamente me ha transportado al año 1492 cuando Cristóbal Colón desembarca en el nuevo paraíso acompañado de los primeros "conquistadores". Es una mirada clara, cruda, con multitud de matices, muy lejana de lo que nos contaron en los libros (la historia siempre es escrita por los ganadores), trágica pero a su vez muy humana y enriquecedora, tanto por la visión del fraile que cuenta la historia en primera persona y su exposición del horror y sufrimiento vivido, como de la bondad, ingenuidad y coherencia que transmite de los indígenas que poblaron aquellas maravillosas tierras (aspecto totalmente acorde con los libros históricos de la época escritos por los escasos defensores de los indígenas). Novela para reflexionar sobre "si el fin o las ideologías de cualquier clase justifican los medios", y te deja un gran vacío interior al observar los resultados devastadores que puede producir la violencia y el totalitarismo tanto en la época histórica narrada como en la actualidad de la isla, resultado social de todos los sucesos vividos hasta la actualidad.
He leído varios de tus libros anteriores que también me gustaron mucho, y en éste creo que has conseguido (así sea reconocido o no) hacerte un hueco entre los grandes novelistas de la actualidad. Enhorabuena y espero pronto poder leer tu siguiente libro ¡¡¡".


Desde Londres con amor, por John Carlin


Miércoles, Noviembre 1, 2017

JOHN CARLIN - 01/11/2017 01:08 - LA VANGUARDIA

Me levanto aquí en Londres antes del amanecer, leo lo último sobre Catalunya y pienso qué feo que es todo esto. Qué feo y qué doloroso y qué decepcionante.

Esperaba más de España, el país donde nació mi madre, donde he vivido quince de los últimos diecinueve años, donde me he propuesto vivir –en Catalunya, sea independiente o no– la mayor parte del resto de los días que me quedan. La gente es más simpática, noble y generosa que en cualquiera de los otros siete países en los que he vivido. Comparado con los más de 70 países que he visitado es un buen lugar para ser un inmigrante, es un buen país para ser homosexual, para ser mujer, para ser un niño o un anciano. Hay tanto en España que es admirable, envidiable, moderno y ejemplar.


Es por todo esto que me decepciona y me deprime tanto constatar lo primitiva que sigue siendo la joven democracia española, en particular lo desquiciada que se vuelve cuando entra en juego el tema de la soberanía territorial. Tanto yo como mis muchos amigos extranjeros que conocen bien España y la aman hemos descubierto en las últimas semanas del drama catalán algo oscuro en el alma política de este país que hubiéramos preferido no ver.

Esto no es tomar una posición a favor de la independencia. Creo que sin excepción todos mis amigos nacidos fuera comparten mi rechazo al independentismo. No me gusta el antagonismo que define la esencia del sentimiento nacionalista siempre y en todos los lugares; sospecho que el precio económico de abandonar ­España sería catastrófico para Catalunya, en cuyo suelo, por cierto, tengo todos mis ­ahorros.

(EFE)

Catastrófica también la decisión de Carles Puigdemont y los demás políticos independentistas de optar no por convocar elecciones la semana pasada, sino por declarar la independencia unilateral. ¡Y hacerlo sobre la base de la supuesta legitimidad de un referéndum que nunca fue un referéndum! Aquello del 1 de octubre fue una protesta masiva con más teatro que sustancia electoral. No sólo Trump vive en un mundo de realidades alternativas.

Pero no fue esto lo que me abrumó esta mañana al despertarme. Lo que me abrumó fue la claridad con la que vi la mezcla de ira, u odio o revanchismo o quién sabe qué complejos que motivan las acciones políticas de aquellos señores y señoras del establishment político español, pero especialmente los del Partido Popular con las ganas locas que han tenido de imponer su autoridad sobre Catalunya. Lo vi y lo entendí cuando me vino a la mente el momento más revelador y siniestro de los días locos en los que vivimos: la rabiosa ovación que Mariano Rajoy recibió de sus correligionarios en el Senado tras su discurso el viernes en el que se exculpó de toda responsabilidad por el actual desmadre (otra realidad alternativa), insistió en que el que pecó fue Puigdemont “y sólo Puigdemont” y exigió la imposición del artículo 155. Sí, Puigdemont se lo acabó poniendo en bandeja, pero es muy difícil evitar la conclusión de que para Rajoy y compañía invadir y ocupar Catalunya políticamente siempre fue el primer recurso, no el último; que aprobar el artículo 155, la oscuridad hecha ley, fue motivo no de lamentación sino de festejo.

Lo que el PP no parece entender es que aunque su jugada funcione y el independentismo sufra una derrota en las elecciones del 21 de diciembre no va a dejar de ser una fuerza política importante. El intento de aplastarlo y humillarlo creará más resentimiento en sus filas, y el resentimiento es un motor político de inagotable energía.

Veremos qué pasa en las próximas semanas. Existen tantos riesgos de que las cosas vayan a peor como de que se tranquilicen. Pero hoy todo es feo. Desde fuera no hay otra forma de ver la toma de poder del PP en Catalunya. Y no sólo feo sino absurdo: lo chocante para mí y para todos los extranjeros con los que hablo es lo espectacularmente innecesario que ha sido todo este lío. Lo fácil que hubiera sido evitarlo. Primero, y obviamente, con un cambio del texto sagrado de la Constitución y con la aprobación de un referéndum pactado, como hubiera hecho cualquier otro Estado moderno y democrático (Canadá, Reino Unido) en similares circunstancias. Pero seguramente se hubiera evitado con menos: con gestos conciliadores y palabras respetuosas, con alguna cesión de poder a la región autónoma catalana, con un mínimo de espíritu estadista, con el afán de pensar primero en el bien general.

En una democracia la política consiste en persuadir, en ganar corazones y mentes a través de los argumentos, las palabras y los gestos. En un sistema autoritario la política consiste en imponer la ley. ¿A cuál de los dos se parece más el Estado español hoy? Sabemos la respuesta. ¿Pero por qué son tan torpes, tan inflexibles y tan estrechos? La respuesta es obligatoriamente larga y complicada, pero un artículo en la revista The New Yorker este fin de semana de mi amigo y laureado periodista Jon Lee Anderson creo que ofrece una pista. “Una profunda inseguridad –concluyó Anderson– late en el corazón del establishment político y mediático español sobre el calado que tiene la cultura democrática española. Y con buena ­razón”.

Excepcional


Domingo, Octubre 22, 2017

Excepcional

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"Fantástica novela histórica que narra el encuentro entre dos mundos, y que adopta alternativamente los puntos de vista de uno y otro bando, para ofrecernos una visión conjunta de los hechos que tuvieron lugar.

La prosa es impecable y el trabajo de documentación excepcional. Personalmente, la he disfrutado de principio a fin.

La recomiendo con fervor..".


Si Fernando Gamboa es "el puto amo" de la novela de aventuras, el señor José Vicente Alfaro lo es, sin duda, de la novela histórica, por eso, recibir un comentario de este calibre de un escritor como él me llena de felicidad y de agradecimiento. Muchas gracias querido José Vicente.Ex

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