La historia de Villa Arriba y Villa Abajo


Domingo, Junio 2, 2019

Villa Arriba y Villa Abajo son dos bonitas poblaciones del interior del país. Las separa un río sobre el que han construido un par de puentes que las comunican, pero lo que las une por encima de todas las cosas es el día de su Fiesta Mayor, el mismo para ambas, de modo que cuando llegan los primeros días de junio todo el mundo se esmera en cocinar una gran paella a la que acuden gentes de todas partes para participar en la vieja tradición por ver cuál de las dos poblaciones ha conseguido un mejor arroz. 

Los visitantes se reparten, un año van a Villa Arriba, otro a Villa Abajo, los más glotones incluso visitan las dos, los hay que tienen sus preferencias y van cada año al mismo pueblo, y los hay de paso que acuden a uno u otro por pura casualidad, pero como sea, la venta de platos de arroz entre los visitantes les supone la mitad del presupuesto de Villa Arriba y Villa Abajo, y que todo salga bien les da tranquilidad para enfrentar los meses de otoño.

Un año, el alcalde de Villa Abajo vio un vídeo en YouTube en el cual un señor sentado en una hermosa silla de oficina daba una charla sobre control, branding, marketing, optimización de costos y otras palabrejas que el alcalde pensó que si pudieran aplicar a su jornada de paella, los beneficios serían mayores y los vecinos estarían felices garantizando su perpetua reelección. Buscó los datos del señor del vídeo, que se autodenominaba a sí mismo Coach, y lo llamó.

Apenas pisó el ayuntamiento de Villa Abajo, el señor Coach le hizo ver al alcalde lo mal que lo estaban haciendo, de hecho no se explicaba el erudito cómo podían haber hecho una paella para más de trescientas personas de aquella manera. Sin esperar un segundo, llamó a su equipo y en la plaza del pueblo se presentaron un remolino de grandes profesionales del control y el coaching. El alcalde estaba feliz. Él tampoco comprendía cómo podían haberlo hecho tan mal durante todos aquellos años, de hecho cuando lo pensaba le invadía un profundo sentimiento de culpa por su ignorancia.

El equipo de técnicos habilitó un pequeño despacho en el ayuntamiento y descansaron todas sus herramientas. El primero que se instaló fue un especialista en Marketing, Branding y posicionamiento On-Line. El alcalde le enseñó con orgullo los perfiles en las redes sociales y la página web que manejaban un grupo de vecinos aficionados a la informática y gracias a los cuales cada año se registraban cientos de reservas para el arroz. El técnico casi se ofendió al ver aquel despropósito y miró al alcalde con ternura. Agarró su teléfono y comenzó a teclear furiosamente hasta que contactó con un equipo de personal ubicado en Holanda que arreglaría aquel “mess”.

Después comenzaron por llamar a los vecinos que participaban en la elaboración de la paella, y el primero en acudir fue el cocinero mayor, que llevaba haciendo el arroz de la misma forma durante más de quince años, exactamente igual que le había enseñado el anterior cocinero mayor y de la misma forma (sin participar de sus secretos, por supuesto) que se hacía en Villa Arriba, y cuya fama había atraído por décadas a miles de personas de todos los lugares del país.

El Coach chasqueó la lengua y mandó a uno de sus técnicos a que fuera junto al cocinero a repasar cada cantidad de cada ingrediente que se colocaba en la paella. Hay tal desastre que no podré con todo, reconoció el Coach, y mandó contratar un mananer general que dirigiera todo aquello. Es imposible coordinar a toda esta gente, decía el Coach y mientras pronunciaba sus palabras abarcaba con los brazos las líneas imaginarias de los lindes del pueblo. Nadie revisa los costos, ni las cantidades, ni se da seguimiento a las reservas, no hay control de proveedores, ni siquiera una auditoría para controlar a los vecinos. El alcalde intentó explicarle que los costos se llevaban a rajatabla por la secretaria del ayuntamiento, que hacía de cajera en sus horas libres, y por el tesorero. Las cantidades eran las de siempre, hacer una paella tampoco era un misterio bíblico, y los proveedores eran los mismos por años que sabían perfectamente qué traer en cada fiesta mayor. De hecho la mayoría eran amigos o incluso los propios vecinos quienes contactaban a los proveedores para garantizar los suministros.

El Coach suspiró, dijo una frase positiva y al cabo de unos días llegó el manager. Un tipo repeinado hacia atrás, con una dicción fingida y un cigarrillo colgando del labio que apagaba tras pocas chupadas para encender otro de inmediato con el que reemplazarlo. El despacho que había ocupado el equipo del Coach hasta entonces se hizo pequeño y habilitaron una sala de la biblioteca del pueblo para trasladar a todo el equipo, al que también se habían unido un director financiero y un auditor. El alcalde estaba feliz. Por fin había conseguido profesionalizar su paella. Les iba a dar sopa con hondas a los de Villa Arriba, pensaba mientras veía a todo aquel equipo de profesionales llamando por teléfono, firmando contratos con proveedores con los que se ahorraban una buena cantidad en los precios, mandaban uniformes para los cocineros, señales por todo el pueblo y las carreteras adyacentes llenas de ellas indicando la dirección a la plaza en la que celebrarían la paella. 

Una mañana se presentó un equipo de fotógrafos y camarógrafos para filmar bien el pueblo, pues las imágenes y los vídeos de otros años no tenían la calidad necesaria para el tipo del Branding (el alcalde esperaba haberlo dicho bien). Filmaron cada rincón de Villa Abajo, la fuente, el río, la plaza, y al cabo de unos días volvieron con un autobús lleno de chicos y chicas jóvenes y guapos para hacerlos pasar por los vecinos. El alcalde no cabía en sí mismo. 

El director del departamento de marketing, que ahora contaba con dos asistentes además de todos esos holandeses con los que hablaba día sí y día también, le comunicó al alcalde que no tendrían la web ni todo el material promocional listo porque las condiciones en que se habían encontrado todo eran tan malas que habían tenido que empezar de cero, pero que algo podrían mostrar. El alcalde quitó hierro ante el esfuerzo titánico que veía hacer a toda aquella gente a diario y pensó que mientras solucionaban el desastre podrían mantener su vieja página y los perfiles de toda la vida. Imposible, le dijeron, ya los hemos borrado todos.

La fecha se acercaba y el alcalde tenía en su mesa tanta la información que jamás habría pensado que se podría conseguir. Gracias a un súper programa podía saber no sólo cuántos kilos de arroz se utilizarían para el acontecimiento, sino cuántos granos de arroz iban de media por kilo, cuántas costillas, cuántas alcachofas, el caldo, incluso las almejas por centímetro cuadrado de paella que tocaban por plato. Estaba impresionado. Aquel programa era la bomba, podía ver incluso la simulación del caldo que iban echando y el que quedaba en los botes. 

Como cada año, la imprenta del pueblo se presentó con su idea para imprimir las papeletas de venta de platos unas semanas antes del acontecimiento, pero el manager general se rio a grandes carcajadas, tiquets, repetía entre estertores mezclados con esputos y carcajadas. Hemos instalado en la puerta del pueblo un sistema mediante el cual los visitantes se darán de alta en unas pantallas. Estas pantallas recogerán todos los datos de los visitantes de modo que los tendremos controlados y cada año los podremos invitar para que vuelvan además de saber sus impresiones. Esas pantallas cobrarán los platos mediante tarjeta de crédito y cuando el banco certifique el pago, el programa enviará un código al teléfono móvil del visitante que después necesitará para recoger su plato de paella. Todo perfecto sin que nadie haya movido un dedo, bueno, sólo uno para encender el ordenador, decía entre carcajadas de superioridad por sus extraordinarios conocimientos.

El alcalde alucinaba, aquel manager fumador había evitado las colas de cada año para comprar los tiquets y como guinda, ni siquiera tendrían que recogerlos al final del día para saber cuántos platos habían vendido. Él mismo, sentado en su despacho, podría ver minuto a minuto los platos que se vendían. ¿Cómo no había hecho eso antes?, se preguntaba con cierta culpa. 

Era cierto que todo ese despliegue había molestado en el pueblo, pero ya lo entenderían cuando los rendimientos de la Fiesta Mayor les dieran para arreglar las calles en mal estado o para acercar la parada del autobús al centro del pueblo. El mundo entero conocería Villa Abajo gracias al trabajo que aquella gente estaba haciendo. “Ventajas competitivas”, le habían dicho.

Por fin llegó el día y tal como le había prometido el manager general, en la entrada del pueblo habían instalado una multitud de pantallas que generarían los códigos de acceso para comer paella. Aquel primer año, y con la finalidad de ayudar a los visitantes inexpertos, habían contratado a un equipo de azafatas vestidas con los colores del pueblo que se encargarían de asesorar a la gente y que ya daban una primera impresión de profesionalidad apenas a las puertas del pueblo.

El alcalde se sentó en su despacho y conectó el programa. Ya no tendría que bajar a la plaza del ayuntamiento para ver cómo iba todo. Abrió la pantalla que le daba acceso a los números y comenzó a hacer mil combinaciones de columnas, barras y datos tal y como le habían enseñado los financieros que había contratado el manager. ¡Qué fortuna haber encontrado a aquel Coach! Cierto era que le había costado al presupuesto del ayuntamiento un dineral, pero también sabía que con toda esa profesionalización lo iban a recuperar con creces.

Cada minuto pulsaba sobre el icono de actualizar y veía al instante los tiquets que se vendían, la procedencia de los visitantes, si venían con niños o solos, y si escogían la zona con almejas o sólo con pollo y costillas. Se entretuvo en saber de dónde venía la gente y comprobó que la mayoría lo hacía desde donde toda la vida, de los pueblos vecinos, la comarca y aledaños. Ahora los podremos invitar para el año que viene, se dijo, y se repanchingó en el sillón con los brazos cruzados tras su cabeza. 

La jornada pasó sin incidentes, la pantalla le arrojaba números y números y más números, y datos y datos y más datos que el alcalde estudiaba haciendo gráficas y planificando lo que sería el año siguiente estimando toda aquella información. Había visto al instante qué iban echando en la paella, qué quedaba en el almacén, sólo le había faltado ver el estado de la cocción del arroz, se dijo, pero le pediría al gerente que para el año siguiente lo añadiera al programa y de esa forma podría dirigir la jornada desde su casa.

Por la noche sacó los datos finales y vio que el número de visitantes había bajado con respecto al año anterior en cerca de doscientas personas, un veintitantos por ciento menos. No era extraño, pues una grave crisis económica había golpeado al país y la gente no estaba para paellas. Menos mal, pensó, que hemos hecho todo esto porque de habernos quedado como antes hubiera sido mucho peor, se dijo, y se marchó para casa.

El tesorero del ayuntamiento lo visitó esa misma noche, como cada año, con la diferencia que tuvo que ir hasta su casa al no haberlo visto durante todo el día. Llevaba una lista de quejas que ocupaba dos páginas manuscritas por delante y por detrás. Le explicó que la mitad de los vecinos habían dejado de servir a los visitantes agobiados por la presión del equipo del manager, estaban hasta los cojones, le dijo con una frase pueblerina que escandalizó al alcalde, acostumbrado ya a la jerga profesional. Paco, el cocinero, se había ido tras la última palada de arroz y nadie supo cómo acabar de cocinar lo que faltaba. Los visitantes, al ver las pantallas, la mitad se fueron, y de los que quedaron muchos no quisieron poner sus datos para que no los marearan con publicidad, otros se dedicaron a ligar con las azafatas, y de los que consiguieron sacar un código, la mayoría se comió tres o cuatro platos enseñando la misma pantalla del móvil cada vez en un puesto de recogida diferente. 

¿Nada más?, preguntó el alcalde. Mucho más, respondió el tesorero mientras sacaba de su bolsillo otro papel escrito a mano. No más quejas, lo reprendió el alcalde, que ya había sido advertido por el Coach y el manager de las reticencias que todos esos cambios generaban entre la población. No es una queja, le dijo el tesorero, es el resumen de lo que hemos vendido y lo que nos ha costado.

El alcalde se rio. Su pobre tesorero, como hacía antes, había apuntado en una hoja lo que él había podido seguir on-line al instante. Ya sé qué se ha vendido, le dijo con una risa burlona que imitaba la del Coach. El tesorero lo miró y le preguntó si sabía, además de lo vendido, cuánto había costado. Claro, le dijo el alcalde, segundo a segundo, se ufanó. El tesorero, lejos de amilanarse, desplegó la hoja frente al alcalde por la parte de la cifra final. Un número rojo superior incluso a la cifra de venta que había supuesto los platos de paella. ¡Imposible!, rio el alcalde.

Él había visto los números y con todo lo que habían ahorrado con esos proveedores y lo que quedaba en almacén, los números no eran los de años anteriores pero distaban de los que le mostraba el tesorero. Se lo dijo.

¿Alcalde, has sumado todo lo que ha costado esa gente, sus pantallas, sus azafatas, publicidades, sus inventos, y lo que te va a costar encontrar camareros y cocineros para el año que viene?

El alcalde se indignó. Su propio tesorero le estaba boicoteando. ¿Cómo iba a achacar los costos de la gestión a un solo año? Esto debe prorratearse, le dijo repitiendo las palabras del director financiero, y si Paco no quiere hacer la paella, pues contrataremos a un cocinero profesional.

Al año siguiente la nueva web recibió cientos de miles de visitas, se posicionó entre los influencers de la cocina e incluso recibió un par de premios internacionales por su moderno diseño, pero no vendió más que la vieja página web coordinada por los vecinos.

La caída volvió a ser de un veinticinco por ciento sobre el año anterior. La crisis los estaba matando. El alcalde reunió a los vecinos y les explicó que gracias a todos aquellos cambios habían podido contrarrestar la caída de ventas. Sin embargo algunos vecinos de toda la vida empezaron a mudarse a Villa Arriba. El manager le explicó que eso era normal, que las crisis eran oportunidades para destapar a los cobardes y los traidores eran los primeros en bajarse del barco. El problema, le dijo, es que con un solo día de venta de arroz no es suficiente, deberíamos ampliar la paella a todos los domingos de cada mes, así los costos se amortizarían y las rentabilidades serían mayores. 

El alcalde estaba entusiasmado. 

Empezaron a vender paella todos los domingos. Al principio fue un éxito, pero poco a poco los visitantes fueron espaciándose porque no había suficiente gente para llenar el pueblo cada fin de semana, ni los vecinos estaban para trabajar los domingos después de haberlo hecho durante toda la semana. El manager contrató entonces a un equipo de cocineros, un grupo de especialistas en call-center y a una empresa de transporte.  Vaciaron la biblioteca de libros y se instaló allí a todo el equipo. Cerca de un centenar de personas que gestionaban pedidos, envíos, llamadas y arroces que salían en motocicletas a toda velocidad en todas direcciones.

El pueblo hervía de actividad, pero no para los vecinos a excepción de los que se habían montado algún negocio para servir a aquella maraña de profesionales.

Una mañana bajó a verlo el alcalde de Villa Arriba. Venía a invitarlo a la fiesta mayor de su pueblo. El alcalde de Villa Abajo rió, pero pensó que sería bueno recordar el desastre en el que vivían ellos apenas unos años atrás, y aceptó la invitación.

Efectivamente y como suponía, el pueblo vecino era un desastre. La gente comía en platos de plástico en grandes mesas, como las que ellos usaban anteriormente, riendo y bailando sin que nadie se cerciorara de que las cantidades servidas eran las correctas. Lo más divertido era que la paella la coordinaba un vecino del pueblo ordenando a gritos lo que había que echar en cada momento sin que un auditor contara las cantidades. Qué estúpidos, rio para sí mismo el alcalde. Se sorprendió, mientras caminaba entre los visitantes, al ver a muchos conocidos de su pueblo. Se habían mezclado con los vecinos de Villa Arriba y les ayudaban a servir, incluso comían y bebían mientras pasaban platos a los visitantes. También los vio bailar con ellos y hacerse fotos con sus móviles sin que ningún auditor o financiero controlara que cada visitante se comiera sólo un plato por cabeza. Al ver echarse fotos con los teléfonos, se acordó del suyo y aprovechó para consultar el estado de la venta de platos de la paella de su pueblo.

Pasó todo el día en Villa Arriba y cuando ya no quedó ningún visitante y los vecinos hubieron limpiado el pueblo, se fue a ver al alcalde para agradecerle la invitación. Le hizo gracia encontrarlo con el tesorero, que repasaba los datos del día leyéndolos de un cuaderno ajado lleno de anotaciones. 

Cuando el tesorero dio la cifra final, el alcalde salió de su ensoñamiento de superioridad. ¡No podía ser! Aquellos aficionados habían conseguido en día lo mismo que ellos ganaban en ocho meses de vender paellas por internet y colapsar el pueblo cada domingo. El alcalde no daba crédito. ¿Cómo lo habéis hecho?, preguntó el alcalde con un hilo de voz.

Nada que no hubiéramos hecho toda la vida, le dijo el alcalde vecino, como vosotros antes. Hemos de reconocer que viendo las cosas que hacíais vosotros,  alguna la hemos copiado, como eso de hacer una Fiesta Mayor de invierno y poner señales, pero poco más.

El alcalde se echó las manos a la cabeza. Él había cambiado a los vecinos por profesionales que le producción casi cien veces más de lo que producía la vieja Fiesta Mayor, pero todo ese crecimiento se iba en pagar a todos aquellos tipos que habían venido de fuera. Además sus vecinos colaboraban con el pueblo del lado y habían mejorado su paella así como los engranajes de la Fiesta. Los mismos vecinos que él mismo había menospreciado hasta el punto de hacerlos emigrar trabajaban felices en el pueblo de al lado haciendo lo que más les gustaba

El comemierda


Lunes, Mayo 20, 2019

Resultado de imagen para caca de la vacaAyer, como casi todos los domingos, salí un rato en bicicleta. La mía es de montaña, de esas con las ruedas gordas y suspensiones por doquier para proteger lo que queda digno de protegerse (más bien poco) a través caminos de tierra, piedras, raíces y todo tipo de accidentes terrestres.  La ruta que escogí ayer consiste en seguir una trocha desde mi casa hasta lo que se conoce como Los Quesos, y que no es otra cosa que una granja con fama de hacer buenos quesos, y regresar, pero esa granja no es la única que se atraviesa en los poco más de cuarenta kilómetros de pedaleo.

Una de ellas, la más grande, está a unos quince o dieciséis kilómetros del inicio y a poco menos de cuatro o cinco del punto de retorno. La delimita una cerca en la que a mi paso se agolpaban cerca de medio centenar de vacas, o un centenar, o un millón, muchas. Instintivamente y a pesar de estaban al otro lado de una valla de alambre, me eché con la bici todo lo que pude al lado contrario ante la mirada atónita y nerviosa de las bestias que se agolpaban en tropel contra la puerta. Un par de cientos de metros más adelante me crucé con dos toros, sueltos, del tamaño de un autocar de jubilados franceses, dos bicharracos ante los que pasé por la parte más alejada del camino a todo lo que me dieron mis centenarias patitas.

Seguí con el pedaleo hasta el punto de retorno, tomé un sorbo de agua, comprobé el reloj, ruedas, etcétera, y volví.

Cuando andaba a unos kilómetros de la granja por la ruta de regreso comencé a escuchar lo inevitable, mugidos ensordecedores de un mogollón de vacas que ocupaban la totalidad del camino y sus márgenes. Imposibilitado de cruzar entre ellas, me paré y vi que tras el rebaño había un vaquero a caballo que me gritaba algo que el murmullo vaquil se tragaba. Me pareció entender que me quitará del medio del camino sino quería quedar aplastado por el bestial enjambre, así que giré y pedaleé hasta que vi un árbol que abría con su tronco y raíces algo más el camino, y me metí debajo. A los pocos segundos me alcanzó el rebaño con vaquero, que se había abierto paso a través de las vacas, incluido y se puso a mi lado. No puede quedarse aquí, me dijo, vienen peleando dos toros. Supongo que ante la mirada que le dediqué, a pesar de hacer un pequeño chiste, el hombre comprendió mi angustia y me guió (él a caballo y yo pedaleando) hasta el cercado de otra granja más adelante, abrió el portón y me empujó, literalmente, dentro como a un torero en el burladero. Cerró la puerta y comenzaron a pasar vacas, y vacas, y más vacas, y dos toros, los dos autocares que había visto un rato atrás, dándose golpes al más puro estilo pugilístico-toril de pesos pesados. Cuando pasaron todas las bestias, el vaquero me pegó un grito y salí. Encajé de nuevo la puerta del cercado y comencé a pedalear hacia casa.

No sé si alguno de vosotros ha vivido algo parecido en su vida, pero por si no lo sabíais tras un rebaño de vacas lo único que queda es una tonelada de mierda repartida en pedazos de a palmo cuadrado el más pequeño ocupando todo el camino.

La primera esquirla la sentí en la espalda, escupida a toda velocidad por la rueda trasera. Después, y a pesar de mis muchos intentos por esquivar las minas, vinieron las demás. La rueda de atrás disparaba ráfagas de trozos de caca de vaca a cien por hora, como una ametralladora que alguien hubiera apuntado contra mi espalda, manchándome el sillín, la espalda, las piernas y el caso, pero lo peor vino cuando la rueda delantera, que hasta entonces había mantenido a salvo, piso la primera de las minas. Impulsada por el efecto de la fuerza centrífuga, centrípeta o mierdífera de la rueda, un primer trozo de estiércol fresco y caliente es incrustó en la visera de mi casco pasando a pocos milímetros de la nariz. Con el segundo no tuve tanta suerte y entró de lleno en la boca que piafaba por tomar aire. No recordaba haber comido mierda nunca en mi vida y la sorpresa fue que tiene gusto terroso (por lo menos la de aquella vaca). Inmediatamente escupí el bocado pero mi rueda delantera tenía un plan para aquella mañana y no era conformarse con un pequeño tast. Tras ese primer lanzamiento siguieron tres o cuatro más que no pude esquivar y me entraron en la garganta como la leche de un biberón en la boca de un bebé...

Nunca había comido mierda antes, fue lo primero que pensé, pero para todo hay una primera vez y ayer fue la mía. Escupí sin detenerme y sin perder ese gusto de naturaleza a lo bruto que me había inundado el paladar. Comprendí que la solución sería cerrar la boca, algo que me ha costado mucho toda mi vida, y haciendo el esfuerzo llegué hasta la parte del camino que no habían minado las vacas.

Me limpié las gafas, también atacadas por la munición de aquel ejército invencible, escupí de nuevo, di un par de tragos de agua a la botella tras limpiar la boquilla herida de muerte como el resto, y volví a casa orgulloso de poder decir con la boca bien llena: ya soy un come mierda.

El gran estadista


Miércoles, Mayo 15, 2019


Leía, a raíz de la muerte de un político español del que todo el mundo destacaba que había sido un gran estadista, un tuit que decía algo como que el estado per sé no existe más allá de sus personas, de modo que un buen estadista sólo podía ser alguien que estuviera preocupado por ellas y no por los intereses creados, por el estatus quo, por las instituciones, ni por tapar la porquería que toda macro organización genera. Un buen estadista sólo respondería a una buena persona.
La explicación, mucho más brillante que la mía, más corta y contundente (he buscado el tuit y he sido incapaz de encontrarlo), me pareció extraordinaria por su capacidad de extrapolación. Es decir, si cambiamos la palabra estado por cualquier otra organización nos daremos cuenta que funciona igual. Un gran empresario, un gran directivo, un gran alcalde, un gran ingeniero, un gran capitán, ninguno de sus escenarios existen por sí mismos, no hay empresa, ciudad, proyecto, equipo o comunidad de vecinos que se aguante más allá de la gente que la forma. 


Inmediatamente me vino a la cabeza la parte empresarial del asunto, y una frase que siempre me ha causado mucha gracia cuando te sueltan una perorata y lo justifican como “lo ha decidido la empresa…”, como si la empresa fuera un ser atemporal e incorpóreo con un talento especial para decidir sin asumir responsabilidades. La “empresa” no existe, son las personas que la forman quienes sí existen y toman decisiones y hacen normas, como en un ayuntamiento, un gobierno o un equipo de fútbol. Y no me refiero con esto a los estatutos o leyes para el correcto funcionamiento del grupo, sino a la toma de acciones que después se esconden bajo la premisa de “el grupo ha decidido”, “la empresa ha decidido”, “el país ha decidido”, no señores, quien ha decidido es la persona que ha decidido y si su medida es buena la defenderá como propia y si es algo que atenta contra los demás la ocultará tras la barrera del anonimato grupal.

Por eso pienso que es tan importante escoger para los puestos de dirección de cualquier organización a buenas personas. 

No tengo idea de si el señor en cuestión era o no un gran estadista, ni siquiera si era un estadista mediocrillo, no lo sé porque nunca tuve la oportunidad de conocerle, pero a lo largo de mi vida profesional sí he conocido a otros grandes estadistas, empresarios, directivos y personalidades entre los cuales he visto a algunos perseguir sus encomiendas sin joder al prójimo y a otros hacerlo a través del “jodimiento” continuo y tenaz del mismo. No sabría decir con cuántos de cada categoría me he cruzado, pero sí puedo afirmar que he intentado pertenecer siempre a los primeros y me han producido un asco tremendo los segundos.

En mis equipos de trabajo he primado siempre las buenas personas antes que las sólo eficientes, pues estoy convencido de que a la larga una organización avanza más impulsada por la empatía, por buscar caminos de colaboración y bienestar del prójimo que por las habilidades individuales mal entendidas. ¿De qué sirve ser el mejor analista si nadie te quiere, de qué sirve ser un crack si al final juegas solo, qué aporta un gran estadista cuya habilidad es confabular en las sombras y esconder sus malas acciones en el anonimato del grupo, qué beneficio se obtiene de ser un canalla que especula en los pasillos y mete cizaña en cada rincón aduciendo a vaguedades aunque sea una máquina calculando presupuestos? 

Por desgracia, en todos los espacios de la vida hay tipos o tipas de estos que tiran la piedra, esconden la mano y por respuesta dan que la piedra la han tirado porque “la empresa/estado/equipo lo ha decidido”. No cabrón/a, la piedra la has tirado tú y esconderte no te hace un buen director, te hace un miserable, por eso es importante rodearse de buenas personas que tiendan sus manos para ayudar y señalar el camino, no para lanzar piedras y esconderse cual lombrices en la anónima tierra común.

Un gran estadista no es aquel que llama a un comisario para que espíe o destroce a un rival político, ni un gran jefe es el que aprovecha su cargo para abusar sexualmente de quien necesita un trabajo como no es un gran director aquel que descuelga el teléfono y presiona a un tercero para que despida a alguien que no le cae simpático. Esas acciones no se corresponden a grandes estadistas, son propias de grandes miserables.

Y no hablo de andar con el lirio en la mano, se puede ser contundente, firme y decidido sin llevar flores en el pelo cuando vas a San Francisco. Lo que quería decir, que ya me he vuelto a enrollar como una persiana vieja, es que defender malas actitudes tras el biombo del anonimato grupal no es ser un buen estadista, pues la única forma de ser bueno en algo es sencillamente siendo bueno.

El cumpleaños de Quim


Lunes, Abril 29, 2019

El día que cumplió cincuenta años, se levantó con unas terribles ganas de cagar. El intestino se le había removido en la madrugada como una anguila perseguida por un tiburón y lo hizo saltar de la cama. Dormía desnudo y el baño, a un par de metros de la cama, siempre mantenía la puerta y tapa del váter abiertas, por lo que en dos zancadas ya había metido el culo en el hueco de la taza. El primer retortijón le arrancó una mierda dura, larga y pesada que sintió correr por el último palmo del intestino antes de cruzar el recto y caer a plomo sobre el agua estancada del retrete. Sintió un placer rayano en lo ancestral al notar como los músculos anales cerraban su agujero y la mierda dejaba de pesar en su cuerpo. Una sonrisa de satisfacción le cruzó el rostro mientras estiraba la mano derecha para sacar un par de palmos del rollo de papel higiénico que colgaba junto a él. Hizo un par de pliegues y con la misma mano derecha buscó a tientas el hoyo que debía limpiar. Actuó como siempre, con esmero cuidado de no dejar ningún pliegue de aquella carne, la más sufrida de todo el cuerpo, sucia. Tiró el papel y volvió a sacar una tira nueva. La dobló de igual forma y siguió limpiando allí donde recordaba que había finalizado la vez anterior. Cuando estuvo seguro, tiró el papel sucio y sacó otra tira para limpiar el interior del ano, pero apenas lo había rozado con los dedos (protegidos por la capa de celulosa) cuando una nueva contracción le advirtió de lo que venía.

Tiró el papel con rapidez y apartó la mano antes de que su ano se abriera y echara otra ristra más de excrementos procesados de la digestión, aunque esta vez, y a diferencia de la primera expulsión, sintió que la dureza había disminuido y chasqueó la lengua molesto porque sabía que ese tipo de mierda le dejaba el culo mucho más sucio. Ahora tendría que perder un par de minutos largos sacando papel y restregando la carne arrugada hasta dejarla impoluta.

Hizo los primeros pliegues de papel cuando la anguila volvió a moverse. Abrió los ojos con sorpresa pues no recordaba haber cenado tanto como para evacuar tres veces en una sentada, pero su culo se abrió como la puerta de una bóveda de seguridad y escuchó caer cuatro bolas densas de unos cinco centímetros de longitud por tres de grosor, a contar por la sensibilidad de su aparato excretor.

Cuando se aseguró de que la última bola había abandonado el intestino se complació inconscientemente, pues con el estómago bien vacío podría comerse un par de trozos de pastel de cumpleaños sin problemas. Eso lo alegró y retomó la labor de plisar el papel en porciones iguales a la palma de su mano para poder restregar el culo con ellas sin riesgo a mancharse. Era meticuloso en eso. Tras la primera (y peor) pasada, tomaba el papel sucio, lo doblaba de manera que la mierda quedara en la parte interior y se restregaba con la cara limpia con cuidado de no mancharse. Esa operación la repetía tres veces antes de tomar una nueva ristra de papel del rollo. Aún estaba mirando el papel tachado de marrón oscuro denso cuando sintió una nueva oleada que le salía de las entrañas. Tiró el papel al váter y se concentró en la llegada. Colocó ambas manos sobre los muslos y tensó la musculatura abdominal hasta abrir el esfínter. Recordaba haber leído años atrás que la defecación se contenía de la misma forma que se aguantaba el agua en una manguera doblada, al parecer había algún músculo que mantenía el depósito de la mierda cerrado y que cuando se abría era incontenible. Sintió como esa manguera cerrada se abría y casi pudo escuchar el recorrido en espiral de las heces. Esta vez fue mucho más rápido, como si las tres primeras cagadas hubieran limpiado las cañerías y las deposiciones bajaran limpias como los niños por el tobogán de un parque acuático.

A medida que sentía las tiras blandengues recorrer el músculo anal y caer a la letrina, se le ocurrió  que podría dedicar aquel trabajo, que si tenía un poco de paciencia iría encontrando motivos a los que dedicar aquel exceso de evacuación y pensó que quizá ese era el regalo que su cuerpo le estaba haciendo por el día de su cumpleaños, ir cagándose en todo lo que le había tocado las pelotas durante su vida.

Comenzó por lo más trivial y directo y dedicó aquel último chorro de heces a un imbécil del trabajo. Se le torció el gesto al pensar en él, un tipo prepotente y ambicioso que habían contratado un tiempo atrás como director de departamento y que todo lo arreglaba poniendo “negritos” que cobraran la mitad, valiente desgraciado, para ti va esta cagada, se dijo dando un último apretón. 

La experiencia le pareció magnífica, sintió un doble alivio inmediato, el que se había producido en sus intestinos y otro de igual magnitud en su cabeza. Pensó enseguida en otro motivo para aprovechar la mañana y le vinieron a la mente sus errores de juventud, cuando creía que todo lo sabía y que la única verdad existente era la que manaba de su entendimiento. Recordó las veces que había violentado a su entorno por culpa de su propia intransigencia y cuando apenas había acabado de arrepentirse, un flujo intestinal en forma de un cagarro de más de un palmo le atravesó el recto, el esfínter interior, el esfínter exterior, se asomó al ano y cayó como una bomba sobre el agua del retrete que ya acumulaba varios kilos de porquería.

La satisfacción fue de nuevo inmediata, tanto que incluso se molestó por no haberlo pensado antes. Cincuenta años cagando sin propósito, que desperdicio de mierda, pensó.

Se concentró otra vez y a la mente le vino un antiguo constructor que les había estafado cerca de cien mil euros, pero ni siquiera había conseguido recordar su nombre cuando dos explosiones cercanas a un estornudo anal pintaron de marrón todo el interior de la taza del váter.

Quim, que así se llamaba el hombre, cambió su sonrisa por una carcajada y siguió. Se acordó de los abusadores de la escuela, de los conductores imprudentes, de los matones, de los amigos que lo habían jodido en la vida (apenas una bolita cabrense), de la deslealtad y falsedad de algunos conocidos, de los charlatanes que prometían mil quimeras antes de acabar jodiéndolo todo, y la mierda caía a ráfagas de su culo al ritmo que iba visualizando cada uno de esos momentos. 

Su nombre completo era Joaquim Mer d’Ot, descendiente por parte de padre del desertor de una familia de marinos franceses que se había establecido en Cataluña durante la segunda guerra mundial, y de una buena familia por parte de madre de la que sólo se había mantenido el apellido después de que su padre y su abuelo, el abuelo y bisabuelo de Joaquim, se pulieran todo el patrimonio familiar. También a ellos les dedicó un par de deposiciones. 

Después comenzó a abrir la mente para equipararla a su esfínter. Amplió la lista de agraciados con los traficantes de armas, los de droga, los hijos de puta que vendían personas como si fueran kilos de garbanzos, se acordó de los jueces corruptos y de las mentiras infinitas de los políticos, y para todos ellos expulsó un par de cientos de gramos de mierda concentrada, dura y pura como la coca antes de cortar.

Todavía mantenía en su mano derecha el papel doblado al tamaño de su palma. Lo miró con atención y se concentró en recordar más casos que valieran la pena. Le vino la imagen de él mismo actuando con extrema dureza con su propio hijo y se dedicó una larga ristra de mierda. Pensó en su mujer, y en las veces que no había sido un buen esposo, y volvió a cagarse en sí mismo por tercera vez.

No conseguía recordar más agravios a pesar de lo mucho que se esforzaba. Le venían de nuevo los grandes males de la humanidad, pero si bien ya se había cagado en ellos, tampoco era un gran responsable directo de los mismos. Poco a poco fue desgranando su vida en fases, primero por grandes etapas, la niñez, la adolescencia, la juventud, su edad adulta y ahora los primeros minutos de la madurez. Después comenzó a seccionar esas etapas en partes más pequeñas mientras las piernas se le dormían presionadas por el plástico curvado del asiento del váter. Pensó en los años en que jugaba a fútbol, en algún niño que lo molestaba en los partidos, pero ni siquiera se arrancó un pedo con ese recuerdo. La adolescencia en sí misma había sido una gran mierda, casi como la de la totalidad de la población mundial, pero no supo visualizar ningún hecho destacable que mereciera una dedicatoria. En los años de juventud todo le había salido bien, había tenido éxito en el trabajo, con sus amigos, con las chichas, nada podía reprocharse de manera palpable más allá de su prepotencia. Las mayores cagadas se habían producido en sus años de adulto, pero las que recordaba ya las había mencionado y en el presente, salvo alguna situación del trabajo, todo lo demás era perfecto. 

Quim Mer d’Ot sintió que por primera vez su nombre tenía sentido y sonrió satisfecho. Comprendió a golpe de zurullo que en la vida apenas había tenido motivos para cagarse en nada y sí muchos para estar agradecido. En la habitación, sin ir más lejos, dormitaba su esposa ajena a la sinfonía orgiástica de mierda que se había dado, y en la habitación contigua descansaba su hijo, un chaval extraordinario. Tenía una familia magnífica, una vida milagrosa, una situación que lo convertía en un privilegiado. Estiró su mano derecha y se pasó el papel de celulosa por el culo. Lo sacó y vio que estaba limpio. Volvió a pasarlo un par de veces más y vio que en efecto, no quedaban restos de excrementos en el fondo blanco del papel. Sorprendido, tiró el papel al váter, se levantó y tiró de la cadena. Kilos de heces se removieron inquietos al sentir el flujo circular de la descarga de la cisterna y giraron enloquecidos hasta que el sifón del retrete se los tragó como la vida a la juventud. 

Quim se acercó a la ducha y se limpió a fondo todo el aparato excretor. Después volvió a la cama con su esposa y tras el almuerzo, se comió dos trozos de pastel de cumpleaños.


El Perú ya no está jodido


Miércoles, Abril 10, 2019


foto de Gladys Montolio.La primera vez que viajé a ese maravilloso país fue en el año 2003 y lo hice con un grupo de personas muy especiales de las que aprendí tanto que ni siquiera en una novela larga como La virgen del Sol caben sus enseñanzas. Aprendí a ser paciente (los que me conocen deben estar poniendo una cara de esas de ¿y cómo narices era antes si ahora dice que es paciente?), me comí un mango por primera vez en la vida, comprendí que todo está conectado, sentí el efecto mariposa en modo bofetada potencia tsunami y nací de nuevo, allí, entre sus rocas milenarias, sus cumbres imposibles y sus paisajes abrumadores.

En toda vida hay momentos y lugares que te cambian, y para mí el Perú fue el país en el que desperté. Como diría Piqué: “Perú, contigo empezó todo”.

Gracias a ese viaje me conocí a mí, y es curioso porque llevaba entonces treinta y tantos años viviendo juntos y casi no nos habíamos hablado, conocí de verdad a mi maestra, viví mi primera epifanía, me hice vegetariano y gracias a eso conocí a mi compañera, lo mejor que me ha pasado en la vida. 

También viví la miseria y la frustración.

Conocí gente que en tres palabras decían más que en una tertulia de radio, y sentí la infinita gratitud de haber gozado de todas las comodidades que me han sido dadas en la vida. Supe que ser hombre, blanco y occidental es por sí mismo una ventaja inconmensurable por la gran desigualdad en la que vivimos, y que justamente una parte de responsabilidad importante recae sobre esos hombres blancos y occidentales…, y compartí platos de patatas de mil colores y formas con personas que se las quitaban de su mísero plato para compartirlas conmigo.

Repartí todo lo que tenía y recibí cien veces más.

Muchas de estas enseñanzas intenté reflejarlas en La virgen del Sol, pero la gran mayoría intento que sigan escritas en mí, en mi forma de ser, de comportarme, de tratar a los demás.

Digo todo esto porque Perú, por más que le pese a Vargas Llosa, ya no está jodido, o por lo menos no más que cualquier otra parte del mundo, con la diferencia añadida de que estos días brilla con una luz más intensa, con la luz de sus letras, de sus autores y autoras, con la merecida luminiscencia que otorga el ser el país escogido en la Feria Internacional del Libro LACUHE 2019.

Por desgracia, y a pesar de que me hubiera encantado asistir, no podré molestar a nadie con mi presencia. No podré abrazar y reírme con Jorge, ni saludar a Gladys, Yorman, Jisell o Rosalía, no podré dar el beso que se merece a mi ángel de la guarda, Dilcia, ni conoceré a Rina ni a los otros autores que a la par nerviosos y entusiasmados, como lo estuve yo, tendrán la oportunidad de presentar sus escritos al mundo desde su ventana del Bronx.

Pido disculpas a todos por mi espantada, aunque seguiré todos los actos desde la cercanía que ofrecen las RRSS y prometo hacer lo posible por estar allí el próximo abril, ya con más de medio siglo a las espaldas y con una nueva novela bajo el brazo.

¡Mucho éxito, LACUHE!

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