La mirada curiosa


Martes, Febrero 19, 2019


Fotografía: Fernando Baños
Siempre he sentido una curiosidad innata, intensa e incontenible por los demás. No puedo evitar preguntarme cosas de la gente, intentar adivinar sus vidas, qué esconden tras los vestidos de la supervivencia diaria.

No puedo evitar pensar en qué hará tal o cual persona cuando está sola, cuando se acuesta, cuando interactúa con su familia, con su pareja, cuando se masturba, cuando está en el baño, ¿canta en la ducha?, ¿ve vídeos graciosos por Internet o está enganchado al porno?

Cuando entro en una reunión importante, rodeado de políticos o grandes directivos, siempre me los imagino en sus zonas de seguridad, cruzando la puerta de la última habitación que los protege, allí donde ya no son nada más que un cuerpo atado a una mente con los mismos miedos, o no, con los mismos anhelos, o no, y con las mismas necesidades, o no, que todos los demás. Hace muchos años leí en un baño, cuando la gente era libre de la dictadura de lo políticamente correcto y todavía escribía en las puertas de los baños, un poemilla que decía algo como “caga el rey, caga el papa y de cagar, nadie se escapa”, y esta coplilla escatológica es más cierta que la ley de la gravedad newtoniana. 

Reconozco mi voyeurismo, me encanta descubrir los secretos de los demás, y no me refiero a lo que tienen, a cómo viven, a sus gustos, religiones o preferencias sexuales, porque todo eso pertenece a la carcasa de la persona. Lo que me atrae es lo que se esconde detrás de todo disfraz, cómo es el fraile cuando se quita el hábito, cómo queda  la mona cuando ya no viste de seda, cómo son los secretos, ¿tristes o sórdidos? Desconfío de la gente que no habla de su pasado, que no lo incorpora como algo natural a sus conversaciones, desconfío de aquellas personas que en presencia de sus parejas no hablan de según qué, y que van variando el discurso de manera sustancial dependiendo del entorno en el que se encuentran.

Desconfío de los que aseguran haber sido o de los que afirman continuamente serlo, porque esa es la mayor prueba de que ni han sido ni son una puta mierda. Fachada, carcasa y la seda de la mona.

Me gusta compartir con la gente que te mira a los ojos y te dice “aquí está todo, búscalo”, me fascina observar a las personas en sus espacios íntimos, cuando interactúan en un aeropuerto, cómo comen, cómo tratan a sus hijos, la forma en que se abrazan a sus parejas cuando nadie los ve o cuando no les importa un pimiento que los vean. Huyo del escaparatismo, de los que se esconden  tras un cargo, un uniforme, una religión o una bandera. Me acojona el que se envuelve en dinero para que los demás se cieguen con su brillo. Me aterroriza el que siempre sonríe, el que habla en diminutivos, el que es amigo de todo el mundo, el que te pregunta por la familia con una sonrisa mientras su vista ya ha pasado de largo y busca otro objetivo. Quisiera verlos por un agujerito, ver cómo son las vedettes cuando se quitan las plumas, la cara del payaso sin maquillaje, saber cómo se comporta el jefe cuando cuelga el teléfono, ¿te insulta, sonríe, te ignora…?, observar desde un rincón de la cocina al indigente sentado en el apartamento social que le ha donado el ayuntamiento, ¿echa de menos la calle?, estas son cosas que llenan por horas mis pensamientos.

Lo curioso es que de tanto en tanto la vida me premia con sorpresas magníficas como una cena a la que me invitaron hace unos días y donde tuve la fortuna de conocer a alguien y verlo casi por el ojo de la mirilla. Una persona ejemplo de vida, uno de esos motores cargados en la niñez con plutonio, incombustible, un don nadie que creció a base de esfuerzo, que ha aceptado sus miserias, que se encumbra en ellas una vez comprendidas, que se ha arruinado y bañado en dinero, que ha tenido verdadero poder en sus manos y ha estado sometido a él, una vida de luces y sombras que muestra con no disimulado orgullo. Un maestro de esos que a pesar de saber casi todo, todavía pregunta a los alumnos para seguir aprendido, esa gente me gusta, con ellos me siento cómodo aunque no tenga nada que aportarles. 

Y por eso a veces, cuando veo alguna de esas películas ridículas de Hollywood en las que un personaje se convierte en espíritu y ve todo lo que ocurre a su alrededor sin interactuar con el entorno, pienso que me encantaría que me pasara a mí, ser yo ese ectoplasma incorpóreo chafardero que todo lo sabe y que a nadie molesta…, aunque si lo pienso bien creo que hay un problema insalvable, ¡los espíritus no pueden teclear (que se sepa)!

Recuerdos compartidos


Lunes, Febrero 18, 2019

¿Qué hacemos con los recuerdos compartidos con alguien a quien no queremos recordar? Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de una separación un tanto traumática que está viviendo una amiga. 

La de ella es una de esas separaciones feas, con reclamaciones absurdas y todos los reproches del mundo. De esas con actitudes desafiantes, chulescas, violentas en las formas, revanchistas, y que acaban con una vida compartida de golpe, pero que no contentas con eso, además la trituran, la incineran y la entierran bajo una tonelada de mierda que han decidido echar encima.

Y por eso hace unos días que me asalta la pregunta de qué hacer con todos los recuerdos compartidos cuando una relación acaba mal.

En mi vida he pasado alguna vez por esto, como todo el mundo, y si bien no fui un ejemplo y cometí errores que hoy me atrevo a pensar que no volvería a repetir, no recuerdo haber sido violento o querer aprovecharme de las circunstancias de la otra parte, porque una cosa es el final y otra dinamitar todo lo vivido. Y aún así no salió bien, porque estas cosas nunca (o casi nunca) salen bien. Recuerdo sí malos momentos, mentiras, falsas expectativas basadas en lo pasado y no en lo que había de venir, recuerdo un vacío infinito, una tristeza brutal elevada a la enésima potencia el día que toca firmar ante notario el final de todo, la prueba definitiva de que la vida como la conocíamos hasta ese día acababa para siempre. Recuerdo el apoyo de la gente, la paciencia generosa de los propios aguantando una y otra y otra vez la misma historia, los mismos comentarios, el bucle sin fin que supone hablar de una separación. Recuerdo llamadas de madrugada, reproches, llantos, acercamientos al entorno de la pareja en busca de cualquier información sobre su estado, vigilias en el coche ante la puerta de la casa cocido en el caldo de la tristeza, la rabia, la curiosidad y la necesidad, pero no recuerdo haber sido violento más allá de algunas palabras que me podría haber metido en ese agujerito de mi cuerpo que nunca (o casi nunca) ve el sol.

Pero recuerdo sobre todo los muchos años que se han necesitado para rehacer esos momentos, esos dolores clavados en el alma que no se curan con una firma ante notario, ni con otro clavo, no…, porque deshacer una vida requiere de mucho más, requiere de tiempo, requiere de la comprensión interna de que ese paso no se da por gusto sino por necesidad, y requiere de entender que sólo tras la desestructuración puede haber creación. Requiere también de mucho perdón, empezando por uno mismo. Una extraordinaria amiga, viendo cómo me castigaba por la situación en su momento, me preguntó qué haría si un amigo mío se separara y hubiera metido la pata, o pensara que la había metido. Me preguntó si cada cinco minutos yo iría a su casa a gritarle desde la puerta lo burro que había sido, lo mala persona en que se había convertido, el monstruo espantoso que había dinamitado una vida perfecta. Me preguntó si tendría la desvergüenza de hacerle eso a un amigo y evidentemente le contesté que no, pero entonces me preguntó “por qué te lo haces tú”, y me pilló. De ahí comencé a perdonar, a  perdonarme, pues no se puede caminar con una mochila cargada de culpa.

Y al tiempo que fui sanando partes rotas en mí mismo, con tiempo y paciencia de los míos, fui recuperando algunos recuerdos de esos que yo también había vivido independientemente de haberlo hecho acompañado. Recuerdos que no sólo pertenecían a una vida en pareja, sino a mi propia vida. Viajes, risas, amigos, escenarios, comidas, conciertos, partidos del Barça y de la Penya, emociones que me pertenecían, que me pertenecen, porque yo decidí vivirlas de aquella forma y que no merecen caer en el vacío de la separación, en el hoyo inmenso que deja la partida de la persona amada, ya convertida en una extraña, o incluso en un enemigo. Es difícil comprender, casi imposible de aceptar, cuando uno está metido hasta el cuello en el lodo infecto de la separación, que la persona que ahora tienes en frente tirando toda la basura sobre ti, al tiempo que tú haces lo mismo con mayor o menor acierto e intensidad, fue la compañía de tus mejores recuerdos…, pero es así, y muy probablemente ésa sea una de las partes más complejas de aceptar en una ruptura, saber cuándo trasmutaron esos momentos en un infierno. A veces hay respuesta, pero la mayoría de ocasiones no la tiene, sencillamente se acaba y ya.

No me refiero, por supuesto, a rupturas trágicas con malos tratos, violencia, y esas barbaridades neardentales, pues ahí quien debe ocuparse son las autoridades y la justicia. Hablo de cuando no se ha cruzado esa línea que nos separa del averno legal y quizá, y sólo quizá, el hecho de poder guardar los recuerdos vividos en una vitrina preferencial de nuestra mente debería ser suficiente para no hacer daño al otro, para no apestar ese campo con el estiércol de la ruptura y actuar como personas civilizadas. 

Como decía Plinio el Viejo, no hay un solo libro, por malo que fuera, del que no rescatar una buena frase, y pienso que en la vida ocurre un poco igual, no debería existir una relación, por malo que fuera el final, que no merezca una sutura cauterizada tras la que contener la hemorragia de los recuerdos para que no sean perdidos. 



Opinión y algo más, con Janet Cabrera


Sábado, Febrero 16, 2019





Estimados amigos y lectores, os comparto la charla con la periodista Faustina Cabrera en su espacio "Opinión y algo más" en la que hemos conversado de novelas y publicación digital, y que se ha retransmitido vía TeleCable 28 TV para República Dominicana. 

Os pido disculpas por la calidad del vídeo, pero un apagón en Santo Domingo ha dificultado que todos los equipos del estudio funcionaran como es debido (cosas del directo), sin embargo creo que hemos pasado un buen rato y os quería hacer partícipes. ¡Espero que os agrade la charla!

Muchas gracias a Janet Cabrera y Dilciame Rosso por su cariño.

La Habana, calles, esquinas y gente


Domingo, Febrero 10, 2019

Hace unos años me prometí a mí mismo que no regresaría a La Habana, y no porque no me gustara sino más bien por lo contrario, porque sentí una pena y una rabia enormes al ver una de las ciudades más hermosas del mundo totalmente derruida. 

He roto aquella promesa por motivos familiares y me he encontrado con más de lo mismo... viviendas apuntaladas, edificios en ruina, acoso y derribo del turista bajo el grito de guerra de "amigo, amigo", el timojito de los locales famosos y una tristeza en los rostros, una vez te adentras más allá del mundo reservado al turista, que encoje el corazón. Esta vez además, y víctimas del hotel en el que nos alojamos, vi de cerca el turismo sexual y el asco fue infinito. Por supuesto en casa, en Dominicana, esto es igual o peor, por lo que el asco es el mismo, es sólo que aquí en RD lo veo como local y allí, en Cuba, lo viví como visitante. 

Sesenta años de revolución que han traído, por lo menos a la gran ciudad, el desastre más absoluto lo mires por donde mires, y sin embargo no todo está perdido. El último domingo antes de regresar a casa pasamos por el malecón y la alegría fue inmensa. Cientos de jóvenes se congregaban en la esquina del Malecón con el Paseo Martí haciendo gala de una apertura que no veo como se pueda contener. Cientos de jóvenes de todas las tribus urbanas, desenfadados, atrevidos, savia nueva para un país con tanta proyección que asusta y que poco a poco se irá liberando del yugo de la puta bota dictatorial.

Aquí os dejo unas fotos por si os apetece echarles un vistazo -> Link álbum de FB

 

La caja de cartón


Miércoles, Febrero 6, 2019


Resultado de imagen para gente despedida de una oficinaPor segunda vez en mi vida, y de igual manera por segunda vez de mutuo acuerdo, he desalojado una oficina en la que he pasado muchas horas de mi vida creando proyectos. La primera vez fue hace doce años cuando me fui de la empresa que, sin ser mía, la sentí así siempre y ayudé en todo lo que pude para levantarla. En ese entonces entré a trabajar con dieciséis años recién cumplidos y salí con treinta y siete. Una vida completa. Recuerdo que el último día llegué con el coche de empresa que tenía asignado y me fui a pie, caminando los dos kilómetros largos que separaban las oficinas de la estación del tren. Las cosas, pocas, en una bolsa de plástico y las lágrimas, muchas, cegándome la vista hasta alcanzar al andén de destino.


Hoy, hace apenas unos minutos, he tenido un dejavú de aquella tarde lejana. La bolsa de plástico la he sustituido por una caja de cartón al más puro estilo de las películas americanas, y las lágrimas han brotado consecuentes y breves ya en la tranquilidad de casa. Y si bien este desahucio de oficina no va a suponer un cambio drástico como lo fue hace una década, sí que en mi corazón siento una sensación de vacío y tristeza víctimas del duelo de la pérdida.

Atrás quedan las ilusiones, los momentos vividos, las ideas triunfadoras y los fracasos, pero sobre todo queda la gente con la que se han compartido miles de horas. Gracias por estar ahí. Como todo en la vida, también esta situación provocará tristezas y alegrías a mí alrededor, pues nadie trina a gusto de todos, pero en mi conciencia queda la fortaleza de no haber tomado decisiones inmorales ni una sola vez que recuerde. 

Estos años han sido fabulosos, mi trabajo extraordinario, y justo es agradecer a quienes confiaron en mí para haberlo llevado a cabo, así como me quito el sombrero por la elegancia y reconocimiento que han tenido en el momento de asumir este cambio y las oportunidades que me brindan para seguir en otros ámbitos profesionales. Y digo que ha sido extraordinario porque pocos trabajos pueden haber mejores en la vida ya que mi función era hacer inolvidables las vacaciones de la gente, algo que en un porcentaje casi del cien por cien ha sido el leitmotiv de mi trabajo.

Sin embargo no escribo este post para hablar de mis fracasos, sino justamente para hacer notar este casi que he reconocido en el párrafo anterior. Todos estos años, como decía, mi objetivo profesional ha sido que todos los visitantes de República Dominicana que habían contratado sus vacaciones con nosotros las disfrutaran al máximo, por supuesto también que gastaran el máximo de dinero posible, pues de eso viven las empresas, pero que lo hicieran en experiencias inolvidables y sobre todo que por nuestra causa nadie se llevara un mal sabor de boca en sus vacaciones. Nadie se acuerda de qué le costó el menú del día que pidió matrimonio a su pareja, sólo si el momento fue hermoso porque todo estuvo bien o una pesadilla porque la comida fue una mierda. Contando a groso modo, han sido más de un millón de personas a las que los equipos que he dirigido en estos años (agradecido a todos) hemos dado servicio durante sus vacaciones, y esa es una cifra que da vértigo. Imposible acertar con todos, por supuesto. De hecho quiero aprovechar para pedir perdón a todos aquellos que se hayan visto afectados por nuestros errores, es injustificable ahorrar un año entero para hacer vacaciones y que por culpa de un tercero algo salga mal, pero a veces las cosas pasan y lo único que puedo hacer, como he hecho siempre en cada momento, es asumir la responsabilidad y pedir sinceras disculpas. 

Decía que mi objetivo ha sido casi siempre hacer que la gente disfrutara de sus vacaciones porque a veces se nos olvida qué hemos de hacer. La presión del cargo, los egos, los números, las situaciones internas, los resultados, etcétera hacen que a veces gastemos un tiempo precioso para mantener los puestos de trabajo en lugar de para hacerlos rendir. Y si bien no conozco a nadie que haya contratado a un tercero para que se aferre al puesto, a veces la única manera de mantenerse en ese puesto es aferrándose a él porque los resultados destilados de las funciones para las que fuiste contratado no siempre son suficientes. 

Y esta reflexión creo que no aplica a un trabajo, ni a una empresa en concreto. Esta reflexión aplica a todos los ámbitos de la vida, a la pérdida de la visión del objetivo por las distracciones del camino. Como dicen los españoles, a que a veces los árboles no nos dejen ver el bosque. Las relaciones humanas acarrean un esfuerzo intenso, en ocasiones placentero y productivo y en otras desagradable y parasitario, y es la función de cada uno de nosotros, directivos o no, estriar en cada decisión si nos aparta del objetivo o bien nos lleva por el camino que habíamos escogido. Si haces zapatos, tu única preocupación ha de ser que tus zapatos salgan perfectos, no si el del lado gana más, si el otro los hace mejores, si el de más allá ha dicho que tus zapatos son peores, o si fuera de la fábrica está lloviendo y uno ha salido a mojarse. Si tu trabajo es hacer zapatos, haz zapatos, y si tu obligación es dirigir a los equipos que hacen zapatos, olvídate de todo lo demás y ayuda a crear las condiciones perfectas para que los zapatos salgan perfectos. Cuando esto se olvida, los deseos, los objetivos y las empresas, mueren.

Cierto es que puede haber alguien que no valore la calidad de tu trabajo, hagas zapatos o zanjas, pero también es cierto que nadie puede saber mejor que uno mismo si realmente se esforzó en hacerlo bien o se distrajo por el camino, y si la respuesta es que diste lo mejor, qué narices ha de importar la opinión de los demás, incluso si esos demás son los responsables de que sigas o no en tu trabajo. Como escribía hace unos días en un post sobre el éxito personal, creo que la clave está en ser constante y buena persona, y si realmente te has esforzado en ambas, el éxito está garantizado aunque lleves tus cosas dentro de una caja de cartón.

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